Diario de viaje: Salar de Uyuni (Bolivia)

Un desierto sin arenas…

Juan M. Laborde – Agosto de 2.009

 

Salar de Uyuni

Salar de Uyuni

Es invierno y el sol brilla mientras traspasamos la frontera de La Quiaca a Villazón para   llegar al sur de Bolivia e introducirnos en un mundo de contrastes: se habla español y quechua, el paisaje es seco en tonalidades de marrón mientras sus habitantes se visten de colores vivos; la pobreza golpea la vista pero la gente es amable y sonriente.
Jorge, Mariela y yo nos adentramos en ese territorio, esquivando los tenderetes de artesanías y productos que nadie duda en ofrecernos. Fueron varias horas en micro desde Salta y nos esperan muchas más; tenemos hambre así que buscamos un lugar donde sentarnos a comer.
Un niño vestido de mozo hasta con birrete, va y viene rápido entre las mesas y al vernos nos ofrece el menú del día: aceptamos el pollo con arroz aclarando que sean tres patas. Al instante vuelve y se pone nervioso intentando aclararnos que el pollo tiene dos patas y no tres….Nos reímos… ¿qué otra cosa se puede hacer?…nos olvidamos del cansancio y reformulamos el pedido.

Mercado

Mercado

El viaje a Tupiza fue lento y no hay mucho que decir pero me dejó bien claro que es un camino con “calamina”.
Una vez instalados en el hotel y luego en una oficina de viajes con Jorge armamos el itinerario “all inclusive” de los siguientes cuatro días hasta llegar al Salar de Uyuni que era nuestro destino buscado.
Al día siguiente estamos listos para partir. Nos presentan a Pedro, nuestro chofer, Berni la cocinera y copiloto; Evelin y Jubert  dos hermanos polacos que se suman a la excursión e irían sentados en la parte posterior del vehículo 4×4. Así fue gran parte del recorrido: adelante se hablaba en quechua, atrás en polaco y al medio en argentino.

 

En el camino

En el camino

Ya en camino iniciamos la trepada hasta los 4200 msnm observando las formaciones rocosas de Palala y Sillar producto de la erosión eólica e hídrica. Luego le siguieron los poblados de Cerrillos y Pollulos,  atravesamos el río San Pablo y llegamos al atardecer a San Antonio de Lípez donde durante la caminata por el lugar realicé unas fotos a unos niños jugando al fútbol y que derivó en un encuentro de “Bolivia- Resto del Mundo” conformado por bolivianos de un lado e italiano, polaco, escocés, canadiense, inglés, Jorge y yo del otro.
Perdimos, …era de esperar luego de bajar de un vehículo e intentar correr a 4200 msnm.
La fría noche, la sabrosa cena preparada por Berni y la luz tenue del comedor fue suficiente para irnos a dormir pues a la mañana siguiente seguimos la travesía.

El segundo día visitamos las ruinas de Lípez, antigua población española en época de la conquista donde existían minas para la extracción de oro y plata.
El camino es duro y en ascenso. Mientras los cuatro mil metros son el techo medio para el Viejo Continente aquí son sólo piso y suelo de la gran cordillera de los Andes, donde se asientan sus lagos, blanquean sus salares y las vicuñas comen la paja brava de la estepa de altura. Los 4000-5000 metros del altiplano representan, sin duda, el más fuerte condicionante para sus formas de vida y sólo la correcta adaptación natural de formas y fisiologías hace posible la subsistencia de la flora y la fauna que le son propias. La lengua quechua bautiza al altiplano con el nombre de puna que literalmente significa “sensación penosa”. Somos visitantes a una tierra extraña, tramos desérticos de raquítica vegetación, arroyos y lagunas de naturaleza endorreica, agua estancada que parece seguir ese mismo tempo de mística contemplación en que viven las montañas y los seres que la rodean.

Altitud

Altitud

Llegamos a los 4855 msnm y avistamos la laguna Morejón, luego los poblados de Quetena Chico y Quetena Grande para finalmente ingresar en la reserva natural de fauna acuática “Edurado Avaroa” donde nos recibieron los guardaparques e interiorizamos de los atractivos del lugar como la laguna de Kollpa donde se extrae el kollpa, mineral parecido al talco que se usa para fabricación de detergente, champú y productos similares. Atravesamos el Salar de Chalvirí  y llegamos a Aguas Calientes, almorzamos y tomamos un descanso además pudimos disfrutar de un baño en sus termas. Por la tarde nuevamente en marcha conocimos el desierto de Dalí, Laguna Verde, el Volcán Licancabur (5950 msnm) y los geisers o sol de mañana como los llaman allí. Es impensable cruzar esas distancias a pie, la palabra cielo se hace en la boca y es necesario pedir ayuda de otras miradas para abarcar tanta inmensidad.
Pasamos la noche en las instalaciones de Wailajara, al calor de una salamandra alimentada con leña de Llareta, planta de pequeñísimas flores y reducidas hojas conformando un macizo y denso conglomerado impermeable a la lluviay al viento, capaz de vivir en este riguroso paisaje y alcanzando en algunos ejemplares varios siglos de vida por su lento crecimiento.

Licancabur

Licancabur

La mañana y el sol se filtran por los vidrios de la habitación, nos avisan que el desayuno está servido, obviamente no hay servicio a la cama como uno desea en ese momento así que ¡arriba todos!. Luego del café y los wafles con dulce de leche de Berni, uno enfrenta lo que sea, así que partimos hacia laguna Colorada donde avistamos las bandadas de flamencos o parinas que allí habitan, le siguió el desierto de Silole y sus extrañas formas de piedra pasando luego por una serie de lagunas: Ramaditas, Charcota, Honda, Hedionda y Cañapa donde caminamos y patinamos por sus aguas congeladas.
Por la tarde el salar de Chiguana nos conduce hasta un hotel de sal en Atullcha y cuando digo de sal me refiero a que sus paredes, piso, mesas y sillas están hechos de bloques de sal sin ningún tipo de revestimiento o pintura.
Llega la noche y la rutina de la cena y las fotos en grupo se repiten como todos los días. Pedro se arrima a la sobremesa y un vaso de vino  que le convidamos abre una puerta a su carácter parco de pocas palabras y  nos permite escucharlo sobre la vida y creencias de los descendientes de aymaras gente que habita, se adapta y ajusta en sus actividades, idiosincrasia y creencias, al suelo que pisa y al cielo que mira, que hasta sus mismos dioses nacen de ellos.

 

isla Incahuasi

isla Incahuasi

Al día siguiente la camioneta recorre kilómetros por un perfecto suelo llano en el Salar de Uyuni. Llegamos a la isla Incahuasi con sus cactus pasakanas,  moradores de cientos de años en ese desierto de sal. El paisaje blanco de Uyuni es un vestido de novia que nunca termina. El tiempo se detiene, el silencio llega y las fotos no cumplen su cometido, hay que estar allí para entender ese infinito.
El pueblo de Colchani y Uyuni son el final de la excursión y por la noche la ducha caliente del hotel en Tupiza nos recibe y anuncia que hay que regresar.

Salar de Uyuni

Salar de Uyuni

En nuestro último día salimos temprano con destino a la frontera, que cruzamos cerca el mediodía y, a partir de allí, cada uno sigue su camino, abrazos de “hasta pronto” con Jorge y Mariela y nos despedimos de Bolivia mientras sostengo en mis dedos un pedazo de sal, un recuerdo de viaje de aquel lugar tan ajeno a nosotros pero que no dudaría en volver a visitar.

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