Diario de viaje: Plaza Francia, crónica de un privilegio

por Betina Barrile

Mirador Plaza Francia

Día 1: Tres personas acicaladas y entusiastas son recibidas por Jorge en la terminal de Mendoza, a saber: mi querida colega y amiga Inés, Fernando de Carloz Paz y yo. Nos reunimos con un guía organizado y muy bien predispuesto que tiene un plan a ejecutar. Hay equipo.
Dejamos nuestras pesadas mochilas en un hostel y vamos a hacer el trámite de acceso al Parque Nacional Aconcagua. Llenamos formularios y completamos datos personales. Nos dan a conocer las reglas del parque. Todo es apresto y emoción. Etapa de conocimiento grupal.
Buscamos nuestro equipaje de montañistas inexpertos y abordamos un bus un tanto desvencijado escaso de comodidades pero repleto de pasajeros. Mendoza comienza a mostrarnos sus montañas que se van descorriendo mágicamente como un telón inmenso que cobra vida después de cada giro y cada túnel con sus texturas y colores sorprendentes. Desde este camino cómodo ganado al paisaje con dinamita y asfalto, es fácil creer en la falacia de la montaña vencida ante el hombre poderoso.
Finalmente llegamos al refugio de Penitentes que nos albergará una noche. Montañistas de diferentes partes del mundo intercambian experiencias, nosotros avanzamos tímidamente al principio de nuestra aventura. Tras una reconfortante ducha, tramitamos nuestra mula a precio exhorbitante para Inés y para mí y Jorge inspecciona nuestras mochilas elemento por elemento para decidir qué llevar y qué dejar, cómo y por qué. De repente parecemos dos niñas en su primer día de escuela, dispuestas a aprender. El maestro demuestra tener una enorme cuota de paciencia, nada despreciable por cierto. Rica cena, buena conversación y a dormir cálidamente: cama, colchón, sábanas, frazada y plumón en un cuarto de madera que parece un ático de cuento infantil.

Día 2: ¡Vamos gente, a lo que vinimos! Trámite de ingreso en el centro de visitantes del Parque Aconcagua. Otra vez instrucciones, papeleo, nos entregan una bolsa para traer los residuos que generemos. Me gustan estas reglas y más me gusta que se cumplan. Y ahora a caminar rumbo a Confluencia. El día se lee como un poema en el aire, aparece una bella laguna, las nubes proyectan sus sombras y las montañas nos reciben amistosamente. Caminamos bajo la mirada atenta de Jorge que evalúa silenciosamente nuestro andar. Es un día de aproximación, de un tácito tanteo individual y grupal. Al final de estas cinco horas de subida y trepada, casi a punto de llegar a nuestro destino de la jornada, la montaña nos presenta sus credenciales. Como una reprimenda justo a tiempo, se levanta un viento fortísimo y helado que devela un claro mensaje: es ella a partir de ahora la que decide. Lejos quedó el camino que el hombre violentamente le ganó, ahora el sendero es el de la subida agotadora, el paso riesgoso, la falta de oxígeno, la bajada traicionera, el chubasco no deseado, las pulsaciones aceleradas, el esfuerzo constante por armonizar su poderío con nuestra desnuda pequeñez. Llegamos a Confluencia con la lección aprendida. Merienda reparadora, charla con otros excursionistas. Y hete aquí el doctor… A poner el dedito en el oxímetro y a medir la presión arterial. Mis compañeros relucen, yo tengo algunos signos desfavorables. Menos mal que el Dr. Vaglienti solo me receta agua, a beber se ha dicho, cuanta más agua mejor. La hidratación marca la diferencia a esta altura. Cena y a la camita. ¿Dónde? En un domo comedor, otra carpa dormitorio con unas diez cuchetas y a higienizarse el cuerpo agotado con toallitas húmedas porque la duchita de ciudad es apenas un recuerdo. Los acicalados de ayer han comenzado su inevitable proceso de acumulación de suciedad. Y aparece el primer ejemplo de lo que sintetiza la esencia de un refugio de montaña: vaya a saber por qué yo no logro llevar mi cucharada de sopa caliente a la boca sin derramar la mitad por el camino, una chica que no conozco me ofrece su cuchara porque “es más grande” y así seguimos comiendo las dos, ella con mi cuchara y yo con la de ella, las dos usadas. Acá no hay lugar para el asco, los microbios, las delicadezas inútiles, el confort que nos termina limitando. Somos todos iguales, piezas del todo integradas necesariamente al engranaje universal. La luna despliega su manto de luz en la montaña que se recorta a nuestro alrededor. Buenas noches.

Día 3: Camina como viejo y llegarás como joven, un sabio lema de montaña que debimos practicar. El más lento marca el ritmo. ¿Adivinen quién es? Las instrucciones que recibí fueron las siguientes: caminás atrás mío, yo te marco el ritmo y vas a ver que llegás muy bien. Así partimos en medio de un frío que casi no recordábamos que existía, muñidos de nuestros objetos básicos y nuestra agua. La montaña solo admite lo importante, no existen los adornos innesarios, nadie se esconde ni adquiere poder detrás de mercancías. Empieza la larga trepada, a buen ritmo y con energía. Caminamos la inmensidad a veces pesadamente y otras en medio de una aparente ingravidez. Paramos, hidratamos, escuchamos el silencio, conversamos, todo en las dosis ideales que fuimos encontrando como equipo. Llegamos a una falsa planicie, un paisaje rojizo casi espectral, como un espejismo liso con pretensiones de imitar nuestra familiar llanura. Pero a un tiempo dado la altura se empieza a sentir, mi organismo la siente. Y tengo síntomas del MAM, mal agudo de montaña. Dolor de cabeza intenso, como un estallido a cada paso, debilidad, algo así como una disociación del cuerpo, como una ingobernabilidad de mis extremidades, estado nauseoso, somnolencia. Solo yo, mis compañeros van sintiendo el cansancio natural de esta caminata, pero están enteros. Y yo siento que no doy más, flaqueo. No quiero perjudicar al grupo por eso estoy tentada a claudicar. Pero es ahí donde Jorge despliega sus grandes condiciones de guía de montaña. Sin hacerme sentir ningún tipo de presión, con las palabras justas y necesarias, con su mirada atenta a modo de estímulo, me invita a seguir paso a paso y lentamente llegamos al mirador de Plaza Francia, la cara sur del majestuoso Aconcagua. Es demoledoramente bello. Así lo sentí, una belleza tan sublime que puede por momentos parecer arrolladora. Es la inmensidad delante de los ojos. Tal vez es estar delante de Dios. Sin pudores, soy feliz.
Emprendemos el regreso a Confluencia. Entre abatida y conmocionada, camino penosamente. Empiezo a desandar el rigor que la altura me impuso. A menos altura, más bienestar físico recupero. Llegamos al campamento íntegros y dichosos. Desplegamos la rutina del refugio hoy ya con una cierta insolente familiaridad.

Día 4: Regreso esta vez con mochila, salvemos el honor. La gravedad nos marca un paso bastante ligero, como el viento a favor en una embarcación. Caminamos con alegría. Trámite de egreso del parque, volvemos a Penitentes, luego regresamos a Mendoza y más tarde volvemos a casa.

Este es el viaje a Plaza Francia con AcamparTrek. Este fue mi viaje con Jorge, Inés y Fernando, y este es un recorte de mis emociones. Todo un privilegio, de principio a fin, con los aleccionadores inconvenientes y las reconfortantes recompensas.


  • Jess

    Tengo vacaciones desde el 31/3 al 8/4, me podrian decir que excursiones tienen organizadas y los datos de cada una? Gracias