Diario de Viaje: Expedición en Bicicleta al Volcán Ojos del Salado
Recibo la noticia…
Me encontraba haciendo un curso en Brasil cuando me llegó el mail de Jorge que, como siempre, resultan ser cortos y específicos como un telegrama: “Estoy organizando expedición al Ojos del Salado en bici al inicio y luego a pié, son 15 días aproximadamente. Querés sumarte?” Así que luego de mostrarme interesado siguió todo aquello relacionado a sumar información que nos permitiera cumplir con nuestras expectativas. Conseguir una bicicleta que sea la indicada para esa expedición fue un proceso que me llevó semanas resolver dada mi poca experiencia en travesías de esa índole. Los consejos de Jorge ayudaron sobre el final y llegó el día de partida desde La Plata hacia la cordillera. Luego de una parada en Rosario para sumar equipo y compañero solo nos quedaba desandar camino hacia Fiambalá en Catamarca.
Nuestro destino puntual es el Ojos del Salado definido como un volcán y la segunda cumbre de América pero al igual que al resto de las montañas y con el correr de los días comienzo a considerarla a pesar de ser una roca gigantesca, como un ser viviente con su ritmo y latido milenario y el hecho de pisar sus territorios genera un proceso interno donde uno se entrega, se imagina caminando sus laderas y que no dejan fuera el deseo de pedir permiso a cada paso.Allá a lo lejos Fiambalá…
Llegamos al pueblo de noche y no fue hasta el otro día que descubrimos sus pequeños viñedos, casi familiares y olivares en los fondos de las casas y terrenos sin edificar.
El Museo de los Seismiles y la charla con su directora María Acevedo, el complejo de las termas y los comentarios de ida y vuelta con otros andinistas que encontramos fueron parte de la mañana ya que en la tarde nos ocupamos de preparar las bicis y provisiones para emprender el acercamiento y aclimatación que nos demandará seis días según nuestro plan.
Al amanecer en el aire se percibía el aroma a pan recién horneado, se veía el cielo azul hacia el este pero el oeste era un espectáculo de tierra y arena en suspensión que creaba el viento Sonda y significaba nuestro recibimiento para iniciar el recorrido en bici hacia la salida del pueblo y los 12 km por delante de paisaje llano y sin vegetación hasta ingresar en las serranías.
Los mates amargos de rutina nos acompañaban mientras cargábamos las alforjas y sujetábamos el equipaje con tiras de goma para evitar pérdidas que a la vez eran una tarea nueva para mí y no dejaba de observar e imitar los detalles, producto de la experiencia en realizar travesías de este tipo de mi compañero.Montamos a las bicis…
Salimos y al llegar a la ruta a pesar del material en suspensión, el viento era una ayuda que nos empujaba desde atrás al inicio, luego el lento ascenso para superar 1200 mts de desnivel nos desmandó 5 horas de pedaleo y 4 litros de agua cada uno debido al ambiente seco y sol radiante de la jornada.
Luego de los 55 km recorridos llegados al primero de los refugios al margen del camino, construidos por el gobierno de la provincia para aquellos que deben pernoctar en la ruta en caso necesario. Son construcciones pequeñas y robustas tipo alpino que nos permitía pasar la noche y evitar armar la carpa.
La jornada siguiente fue menos esforzada para nuestros pies y luego de cruzar “Cortaderas” llegamos a “Cazadero Grande” por la tarde.
Al día siguiente recorrimos 3 km durante el ingreso a un campo y alojarnos en un rancho a esperar la llegada de Pocho nuestro contacto y quién nos llevaría parte de los víveres en dos campamentos de altura.
El rancho de Pocho…
Las raíces de “Cuerno” alimentaban el fuego de la estufa hogar de ladrillos de barro del rancho y sobre sus brasas se cocinaban trozos de carne de guanaco, mientras el resplandor de las llamas era la única fuente de luz que alumbrada el interior en los momentos que nuestras linternas se apagaban. Lucas y Marcelo, los ayudantes de Pocho acotaban datos sobre el clima o nos preguntaban sobre las bicicletas y equipamiento o “los porque” de venir a conocer estos lugares alejados.
La ansiedad por emprender la marcha en plena montaña era notoria en nosotros que no dejábamos de preguntar datos sobre los lugares donde íbamos a acampar, su altura aproximada, distancia, etc que contrastaba con la charla calmada, de Pocho y uno aprende que ese ir y venir de preguntas y respuestas apresurado al que estamos habituados en una ciudad, no es la mejor forma de obtener información allí sino que debemos dejar que la persona termine todo el cuento por largo que sea y luego pasar a la pregunta siguiente. También he notado que la idiosincrasia de la persona que vive en lugares así por momentos no encuentra explicación porque un turista viene a sufrir los rigores de la puna y su altura, recorrer distancias cargando una mochila pesada y dormir en una carpa carente de cierto confort.
El sol de la mañana entraba por los huecos de la pared, puerta y ventana del rancho mostrando detalles que no se aprecian el resto del día: el polvo en suspensión, la palangana añosa de latón, el piso de tierra apisonada bajo nivel del suelo, los restos de hollín en las maderas del techo, los comestibles colgados en bolsas y cajones para evitar roedores y la infaltable imagen de la Virgen del Valle en una cajonera sin cajones. La sensación de precariedad, de pernoctar en algo parecido a una tapera, se esfumaba cuando se escuchaba afuera el viento azotando todo a su paso y entonces el rancho se transformaba en un agradable refugio que nos cobijaba.
El asfalto se hace tierra…
Horas después ya estábamos ultimando detalles en las bicis para la salida. El color celeste intenso del cielo contrastaba con el suelo blanco de salinas y tonalidades rojizas y grisáceas de los cerros cercanos. Un camino de tierra que fue haciéndose de guijarro volcánico trepaba hacia el Portezuelo de San Carlos y recorrimos 8 km a 3.700 msnm hasta que el viento comenzó a soplar nuevamente y cuesta arriba se tornaba imposible seguir montados en las bicis, así que el resto fue a pie. Los arenales se sucedían a medida que ascendíamos y el portezuelo parecía detenido en el horizonte. Sinceramente nos desgastamos en ese esfuerzo por llegar a destino que sucedió a las 17 hs llegando a 4.800 msnm para luego emprender un largo descenso sin pedaleo hacia una planicie llamado “Paraje del Cuerno”a 4.200msnm. Extenuados hicimos noche en la carpa, sopa mediante y al saco de dormir. Al día siguiente temprano emprendimos el camino hacia “El Hornito” donde pudimos llegar más enteros y temprano en la tarde para acampar a orillas de un arroyo de deshielo y disfrutar un poco del lugar, refrescar los pies en el agua y organizar una buena cena.
Por suerte los días eran soleados más allá del frio con temperaturas por debajo de cero en el interior de la carpa al caer el sol, aunque el viento es un factor importante a tener en cuenta durante la marcha pues demora en varias horas el avance considerando la altura, terreno y peso transportado en las bicis. En la siguiente jornada nos detuvimos en “Reales de Rasguidos” a 4.700 msnm y decidimos dejar las bicis allí para continuar a pie ya que no tendría sentido continuar el ascenso empujando las bicicletas y el terreno ya contaba con mucho guijarro suelto volcánico que sumaba dificultad para desplazarse.
Seguimos a pie…
A “Portezuelo Negro” ubicado a 5100 msnm llegamos a las 16 hs del siguiente día donde nos fue dificultoso encontrar un lugar apropiado para armar la carpa debido a que el terreno era piedra debajo de piedra. Esa noche no descansamos bien. Luego ascendimos hasta los 5.200 msnm para posicionarnos sobre una ladera que comunicaba dos valles que nos conducirían al campamento “Arenales” al pie del Ojos del Salado. La distancia hasta el pie del volcán era de 11 km y por encima de los 5.000 msnm se tornaría casi imposible para nosotros portear a pie en más de un día todo lo necesario para el pernocte antes de intentar la cumbre, debido al hecho que estábamos muy cansados por el esfuerzo de ascender en bici los días pasados, así que en la mañana siguiente decidimos cambiar de planes y no intentar la cumbre sino llegar en una jornada hasta el campamento Arenales, relevar la zona y regresar a la carpa por la tarde.
Para tener en cuenta…
El cambio de objetivos también estuvo sujeto al hecho que considerábamos que todo el recorrido realizado era casi desconocido y representaba una potencial vía de evacuación en horas hasta la ruta nacional 60 por un vehículo 4×4, en aquellos casos que fuese necesario y que actualmente no es posible hacerlo debido a la distancia a recorrer por la ruta argentina tradicional de trekking de acceso al volcán. Ofrecer rutas de evacuación seguras y rápidas en muchos cerros de nuestro país es un tema relegado en las publicaciones dedicadas al turismo de alta montaña y en el caso del Ojos del Salado, la ruta chilena ofrece mejores garantías de auxilio y evacuación en caso de accidente durante la expedición ya que es obligatorio solicitar permiso, registrarse y pagar un monto nada despreciable en dólares a la empresa que concesiona esa vía y mantiene los refugios de altura.
Hacia los pies del volcán…
Acordamos con Jorge dividir los esfuerzos y tareas durante el relevamiento del recorrido hasta el pie del volcán. Él se ocuparía de ubicar y registrar en el GPS los sectores que necesitaban de un mantenimiento o adaptación para que un vehículo pudiese pasar y yo de llegar hasta Arenales y relevar el área.
Avanzadas las 18 hs retornamos al campamento y luego de caminar casi 25 km a esa altura nos entregamos al sueño temprano ya que al siguiente día emprenderíamos el descenso y regreso.
Descendemos…
Volvemos sobre nuestros pasos, la mañana se presentó ventosa pero el cielo mantiene su celeste intenso. Intentamos filmar grupos de vicuñas que desde lejos nos observan detenidas sobre las planicies rocosas. Más abajo los pajonales dispersos comienzan a aparecer como única vegetación en la zona y los cursos de agua se descongelan y continúan su curso a favor de la pendiente. Cerca del mediodía llegamos al lugar donde dejamos las bicicletas y comenzamos a cargarlas para seguir descendiendo y tomar la ruta de trekking tradicional a partir de Hornito para conocer parte de ese recorrido. A medida que avanzamos con las bicis, por momentos pedaleando y otros a pie notamos que el paisaje de esta senda es muy pintoresco ya que en su totalidad se mantiene al lado del río Cazadero Grande que presenta muchas vueltas con formaciones rocosas de origen sedimentario y arenales con vegetación creando imágenes muy lindas. En varias ocasiones debimos cruzar de una orilla a la otra para poder seguir avanzando hasta que la caída del sol nos dice que debemos pasar la noche antes de llegar a destino. Por ese entonces hacía varios días que había partido de mi ciudad y ya estábamos cansados por el esfuerzo constante, sin embargo la tarde era una invitación a la mirada que no podíamos evitar y el avance de las sombras cae también al alma y uno ya empieza a extrañar los seres queridos, la casa se torna hogar y como dice García Marques viajar es también volver…
Al día siguiente llegamos al rancho deshabitado de Pocho y era como llegar casi a un hotel porque sabíamos que esa noche habría un colchón donde dormir, fuego para entibiar los huesos y algún pedazo de carne asada a las brasas.
Volvemos a la ruta…
El asfalto fue bienvenido por las bicis y nuestro cuerpo y la sensación de andar en descenso sin pedalear sinceramente la disfruté durante varios kilómetros. Al mediodía el viento en contra se hacía sentir y a lo lejos se divisaba un horizonte oscurecido de tierra que levantaba a su paso y en el llano de los últimos 12 km antes de llegar a Fiambalá parecía que nos estaba esperando por la revancha y sinceramente fue así…Luego de luchar para poder avanzar lentamente entramos al pueblo sin pena ni gloria llenos de tierra y arena pero la cerveza helada que siguió fue excelente para la sequedad de nuestras gargantas.
Por la tarde desarmamos el equipo y bicis, visitamos nuevamente a la gente que nos había brindado información para nuestra experiencia y entregarles aquellos datos que consideramos serian de ayuda para optimizar las expediciones hacia el volcán.
Regresamos…
El último día en ese lugar me recibió nuevamente el aroma del pan recién horneado cuando emprendimos el regreso en auto, los olivares y viñedos fueron quedando atrás y Jorge con su parsimonia que lo caracteriza empezó un mate mientras dejaba escapar ideas y destinos de nuevos lugares por conocer que nos estaban esperando.



9 febrero, 2011 











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